ESTRATEGIA DE GOBERNANZA DE LA DIÁSPORA (I)

Ph.D. Tomás Páez (2021)

Las migraciones y las diásporas ocupan un lugar destacado en la agenda política, social, académica y económica global. La perspectiva desde la cual se mira puede derivar en políticas de exclusión o inclusión, confrontación o integración. En varios países los migrantes no son bienvenidos y sus parlamentos recomiendan reubicar a los solicitantes de asilo en terceros países. En otros, por el contrario, se diseñan mecanismos ad hoc para asegurar su integración.

Con mucha facilidad circulan ideas falsas y negativas, favorecedoras de discriminación y rechazo al “extraño”. Se escudan tras la defensa de la “identidad” para oponerse a recibir migrantes, aunque la historia de la cultura occidental moderna no puede explicarse al margen de las sucesivas oleadas de exilio, migración y refugio. La “identidad nacional” es un proceso fluido y cambiante, de intercambios conceptuales, profesionales, de habilidades y conocimientos y de lenguajes, sobre los cuales se desarrollan progresivamente la arquitectura cultural y social.

Los intentos de dirigentes y partidos por enemistar a las sociedades receptoras con los migrantes, se han topado con un muro difícil de horadar: la actitud positiva de la mayoría de la población hacia los migrantes y contraria a los discursos del odio, como lo revelan los resultados de las encuestas realizadas por Pew Research Center (2019).

También fomentan la enemistad y el odio quienes consideran a la migración como “mutilación”, aupada por los países de mayor desarrollo relativo para aprovecharse e incluso “robar” el capital humano de los países pobres. Estas perspectivas ven en la migración a un solo ganador: el país receptor. Un legado de prejuicios irreconciliables con el diseño de una estrategia de gobernanza de la diáspora.

Desde esas miradas solo se pueden construir obstáculos, muros y vallas, para evitar la fuga o impedir la inmigración. Pese a las experiencias del siglo pasado, no parece comprenderse que poner frenos a la inmigración o la emigración supone costos elevados para quienes erigen los muros de contención.

Como en todos los ámbitos, los prejuicios, generalizaciones y simplificaciones son de poca ayuda para explicar los flujos migratorios y las diásporas, que son fenómenos heterogéneos y multicausales. La diáspora venezolana es un buen ejemplo de ello. Sus dimensiones, su pluralidad y diversidad no pueden ser encasilladas y reducidas a una simple categoría.

El diseño de la estrategia de gobernanza solo es posible si se reconoce la complejidad y multicausalidad del fenómeno, y sus beneficios para quien migra y para los países de origen y acogida. En nuestro estudio indagamos las causas del éxodo, utilizando cuestionarios, historias de vida, talleres grupales, focus groups, entrevistas a profundidad y fragmentos de vida. Las respuestas confirman la multiplicidad señalada: el deterioro económico, la inseguridad, la persecución política e ideológica, el modelo político, etc. Reconocer la complejidad del éxodo permite identificar los distintos problemas y posibilidades que ofrece la nueva “geografía de Venezuela”.

Cerca de 7 millones de venezolanos, esparcidos en todo el planeta, han constituido organizaciones transnacionales en todos los ámbitos: ayuda humanitaria, cultura, defensa de los derechos humanos, emprendimiento y difusión tecnológica, atención a los refugiados; también documentan, denuncian y difunden la situación de Venezuela y son interlocutores confiables de las instituciones y organizaciones políticas y sociales en los países receptores. La diáspora es un “activo”, la reserva internacional de Venezuela

El incesante crecimiento de la diáspora la ha convertido en el “Estado” más grande de Venezuela. Sus dimensiones superan las de países pequeños en Sur América, Centro América y el Norte de Europa. Millones de personas desarrollando las más diversas actividades con distintas expectativas y necesidades no puede encasillarse en una categoría simple como la de exiliados o refugiados.

Los hallazgos de los estudios realizados por organismos multilaterales e instituciones privadas, resaltan las bondades y aportes económicos de migrantes y refugiados en los países de acogida, al extremo de que sus economías podrían empeorar si no reciben migrantes.

Los estudios citados han evaluado el impacto fiscal producido por los solicitantes de asilo, arrojan como resultado su efecto positivo sobre el PIB de los países receptores, lo cual resta valor a la idea de que migrantes y refugiados absorben demasiados recursos públicos. Quienes se han ocupado del tema concluyen que los migrantes aportan más de lo que reciben y además contribuyen a reducir el déficit fiscal en los países de destino. Este dato subraya la necesidad de estrategias de integración e inclusión.

Han sido cuantificados los impactos de la diáspora venezolana en los países receptores y los resultados abonan a favor de la inclusión y la regularización,  y como punto de partida para impulsar procesos de integración regional. Los trabajadores del país receptor y los migrantes se complementan y mejoran la productividad. Tal incremento, por pequeño que sea, aumenta el ingreso medio de la población del país receptor. Otros resultados, como los del análisis de 30 años de datos de 15 países de Europa Occidental, confirman que estos se beneficiaron de los refugiados y migrantes, en un plazo de unos pocos años desde su llegada.

Ludwig Von Mises lo expresa del siguiente modo: “desde el punto de vista global, la emigración aumenta la productividad del trabajo humano, la oferta de bienes y los niveles de vida, porque facilita la reasignación de mano de obra (y capital) desde regiones con condiciones naturales menos ventajosas de producción a aquellas con condiciones naturales más ventajosas”. Por ese motivo se opone a las barreras a la migración, pues considera que tienen el mismo efecto que las impuestas al comercio internacional, terreno en el cual Latinoamérica tiene una horrorosa, desastrosa y larga trayectoria. Los frenos a la migración, igual que los aranceles proteccionistas, solo favorecen a unos pocos “privilegiados”.

Aunque importante, la migración y la diáspora no puede reducirse exclusivamente al tema económico, al cual trasciende. Quienes migran, incluso poniendo sus vidas en riesgo, esperan una “recompensa” en la ciudad de acogida. En la escogencia del país destino intervienen factores como el idioma, la educación, los lazos familiares y amistosos, el entorno social ligado al trabajo, etc., consideraciones más allá del nivel de ingreso.

El hecho migratorio se relaciona con otros temas de enorme calado, como la libertad y la democracia. Recurrimos nuevamente a Ludwig Von Mises, quien considera necesario establecer la libertad de la migración en el mundo para hacer la paz más duradera” y, agrega, «si quienes creen en la libertad no asumen este punto de partida, no habrá mucho espacio para la esperanza de convencer a alguien a favor de una sociedad libre”.

Gobiernos de países receptores y líderes mundiales en activo, como Angela Merkel, o fallecidos como J.F. Kennedy y Ronald Reagan, en su modo de proceder han hecho suyas estas palabras. La solidez de los argumentos, las políticas y las evidencias sirven, no sin dificultad, para doblegar falacias y prejuicios muy extendidos y fuertemente enraizados. Los países que mejor comprenden el papel de la diáspora despliegan iniciativas y estrategias para promover la inclusión, que como dice el representante de la (OIM), Guido Grandi, es la forma de protección más práctica y concreta. Las políticas ejecutadas, cuyo propósito es regularizar e integrar a la diáspora venezolana y favorecer de este modo su acceso al mercado de trabajo y a la creación de empresas, a la educación y demás servicios sociales, disminuyen los riesgos muy significativos del tráfico de drogas y la explotación que promueven los muros.

La nueva geografía de Venezuela, de una extraordinaria complejidad y pluralidad, exige de una estrategia de gobernanza cuyo diseño ha sido pergeñado por las asociaciones diaspóricas,  gremios p0rofesionales y empresariales. Es preciso acompañar la denuncia con la creación, las políticas de asistencia social y humanitaria con políticas proactivas promotoras de desarrollo y crecimiento de riqueza y empleo.

Lo hecho por Colombia y Estados Unidos, los debates en República Dominicana con el fin de integrar al éxodo venezolano, son ejemplos de políticas de inclusión humanitaria y desarrollo. A ella se ha referido como la nueva forma de protección, el alto comisionado de Naciones Unidas. Una respuesta práctica erigida sobre el respeto a los derechos humanos y agrega, la reciente conmemoración del día del refugiado, (20 de junio) debe hacer un enorme reconocimiento a los avances logrados y la forma de acoger a las distintas diásporas que hoy conviven en la región. “Ayuda a los niños a recibir una educación, a que las personas reciban el tratamiento médico que necesitan, previene la explotación y el abuso y apoya a las personas para que adquieran la dignidad del trabajo autónomo”.